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Asimetrías y convergencias Jóvenes expresiones del dibujo en Colombia Entre las razones que pueden explicar el interés renovado por el dibujo como expresión autónoma, que hace cerca de dos décadas ha tomado impulso alrededor del mundo, gana mucho sentido la necesidad incrementada que tiene la proposición sobre los lenguajes estructurales en un momento como el presente. La información es múltiple e inabordable en todos los campos, mientras paralelamente aumentan a diario las posibilidades de generar imagen y texto, así como los canales a través de los cuales ello se puede hacer. En un panorama como éstos, dejó de entenderse lo fundamental e inclusive, la misma lógica de las cientos de propuestas que surgen a diario. Entretanto, ganó lugar un hábito ingenuo con la sobreabundancia, en el que es inevitable que reinen la confusión y el desconcierto, y en consecuencia, el extravío. La respuesta natural del trabajo intelectual ha sido repensar los asuntos básicos y las cuestiones elementales, así como el sentido que ellas tienen. De allí, que junto con la recuperación del dibujo y de otros planteamientos creativos modestos haya tomado tanta fuerza el pensamiento de la baja tecnología. Estos además, son campos que se hibridaron desde que comenzaron a surgir nuevamente, en la medida en que se han enfocado en los mismos objetivos: desentrañar lo que subyace debajo de capas de acumulación y detrás de los lenguajes ostentosos. De otra parte, se debe estimar también, la influencia que ejerce sobre este tipo de planteamientos la alarma con que se insiste a través de diversos medios en la recuperación del medio ambiente, lo que supone estímulos para el pensamiento alternativo, que concibe nuevos engranajes inocentes y considerados con la naturaleza. Países como Colombia, que han tenido una fuerza tradicional en el medio del dibujo, y que por demás sobreviven en condiciones de subdesarrollo, reinterpretando los avances de las ciencias, a través de sus inactuales infraestructuras tecnológicas e industriales, han construido por lo mismo, a través de los años, de manera espontánea, y en su desempeño natural, productos verdaderamente ricos en muchos horizontes para la nueva mirada. Quizás por el estigma de sus agudas problemáticas políticas Colombia fue un país que por muchos años no estuvo en la mira de la investigación internacional sobre arte y por esa razón sus artistas tuvieron escasa circulación, a pesar de la madurez de muchas de sus proposiciones. No obstante, hoy, a pesar de que aún perviven de diversas maneras posiciones y discursos centralistas y excluyentes, tanto en la economía como en la política, es imposible vivir en el aislamiento o en los lugares que hace pocos años se desestimaban como periferia. Son demasiados los mecanismos que permiten interactuar en forma simultánea con el viejo aparato, además, de que esos mecanismos se extienden a incontables circuitos novedosos y alternos. Así se fue dando a conocer el intenso panorama artístico de Colombia, como la novedad que comporta su mirada, que hoy es ampliamente conocida. Por décadas, los artistas colombianos se identificaron exclusivamente con el tema de la violencia, en el cual, con toda lógica, la circunstancia política e histórica del país ha exigido una reflexión. Pero esto derivó en el absurdo de que esa lectura fue asimilada como un clisé, no sólo por fuera sino también dentro del país, con claras consecuencias en una producción eminentemente cómoda y comercial. Es claro entonces que en el presente exista una reacción hacia ese tipo de mirada, lo que no implica un abandono reflexivo sobre los problemas del contexto. Lo que ha ocurrido es que ellos han pasado a observarse desde otras ópticas y desde el tamiz de otros intercambios y relaciones. Para la generación que creció y se formó en los años más intensos del desarrollo de la internet el mundo y el propio espacio son otros. Los tópicos de su reflexión se universalizaron y dependen de una sonoridad muy distinta de aquella que acoge la frontera territorial y que determinó la creación artística hasta solo 15 años. Lo que el músico canadiense Murray Schafer denomina el sound scape de las sociedades, consistente en el murmullo que les marca un límite, bien para repetirse, revisarse o para desesperarse, hoy se tiene que considerar también desde la sonoridad que emiten las relaciones universales que se propician en diferentes campos de la información y de la informática. Si se piensa en un único ejemplo a este respecto, cada individuo que trabaja o se relaciona desde un ordenador amplía cada día su diálogo con otros y con una cantidad insospechada de fuentes de conocimiento. La forma de pensamiento que propician esas estructuras es inédita y ello implica pensar en muchos otros aspectos que sobrepasan los propios límites. Los únicos artistas en esta muestra que siguen enfocando sus intereses de manera visible en el complejo entramado político y social de Colombia son Milena Bonilla y Luis Hernández Mellizo, pero con una aproximación claramente novedosa con respecto a la anterior. De muy distintas maneras los dibujos de los dos artistas repiensan el borde y lo inestabiliazan. Milena Bonilla escribe El Capital con la mano izquierda y después de hacerlo, ella misma hace una edición pirata de su colosal esfuerzo. En la obra de Luis Hernández Mellizo el cuestionamiento del territorio físico como contenedor único es su constante, de allí la presencia reiterativa del agua como elemento que, siendo inestable, moldea y marca el límite, pero naturalmente, sin perdurabilidad. No es gratuito que sea el propósito educativo el que llevó a Nicolás París al mundo del arte. Su dibujo y su reflexión han seguido siempre la idea de generar otro orden de pensamiento, de restructurar mediante operativos de comprensión de la imagen el mundo que la genera y del que ella hace parte. Es lógico, por las mismas razones, que muchos de los artistas presentes en esta muestra como Ícaro Zorbar, Mónica Naranjo, Diana Menestrey, Cesar González, Daniel Santiago Salguero, María Isabel Rueda, Adriana Salazar, María Isabel Arango y Kevin Mancera conciban las imágenes de sus obras pensando en las relaciones y en los afectos. Además de que en el espacio de la internet las relaciones -de las más concretas a las más abstractas- se han multiplicado con muchas implicaciones, y de que ello exige una reflexión en las nuevas formas de conexión, el deterioro del medio ambiente ha hecho entender al individuo como parte responsable en el interior de un entramado vital en permanente recomposición hacia el agravamiento o hacia la mejoría, dependiendo de la opción que se tome. Por lo mismo, la ecología se puede entender también como una forma de redimensionar las problemáticas políticas y sociales, desde un ángulo planetario y natural, que incluye muchos más factores de reflexión que la denuncia de hechos sociales o violentos precisos. De pronto de esa manera se puede ir al propio núcleo del problema, pero sin determinarle bordes y constreñirlo a eventos específicos, lo cual permite divagar, sin la restricción de los argumentos concretos, acerca de las condiciones en las que puede nacer y permanecer un conflicto. En ese sentido es que Luisa Roa penetra las imágenes del caos. Su objetivo es desentrañar los órdenes que se configuran al interior de los estallidos y que permiten que el engranaje siga manteniendo un movimiento continuo y, dentro de una gran complejidad, lógico. Cercano a sus apreciaciones, pero desde otras motivaciones intelectuales, Andrés Ramírez Gaviria analiza incansablemente el planteamiento de la perfección y así confronta la fuerza de las más mínimas e invisibles partículas en movimiento con los rígidos márgenes de la interpretación moderna. Su idea de geometría, advierte entonces a la exactitud como un asunto en tránsito y por lo mismo, en permanente ajuste. En esa sumatoria de ideas, que convergen en objetivos comunes de maneras distintas y desde las más diversas argumentaciones, Angélica Teuta, Pedro Gómez Egaña y Carlos Bonil, arman mecanismos tan simples como sorprendentes, con los que remiten la visión al entorno. Mientras tanto, hacen observar de nuevo la multiplicidad de eventos del mundo que nos rodea, y también, la lógica a la que obedecen los aparatos, lo cual ha caído progresivamente en el olvido. Aunque el interés cósmico de Pedro Gómez Egaña se identifica inmediatamente, también para Carlos Bonil y Angélica Teuta la imagen es solo una de las manifestaciones de un universo infinito e inabarcable que nunca podremos agotar con el intelecto. Con ese entendimiento, a través de sensaciones llevan al espectador fuera del formato y del plano de la representación y, al mismo tiempo, al interior de su estructura. María Iovino
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